En esta etapa ya no se trata únicamente de reposo, sino de volver a poner peso sobre la pierna de forma gradual para recuperar fuerza, estabilidad y confianza al caminar. Al empezar a apoyar progresivamente, el cuerpo empieza a adaptarse a cargar peso y a reactivar los sistemas músculo-esqueléticos que han estado inactivos durante semanas.
Es normal que al inicio exista miedo o inseguridad al apoyar, ya que muchos pacientes temen sentir dolor o retrasar la consolidación ósea. Sin embargo, cuando se realiza correctamente —con supervisión médica o fisioterapéutica— el apoyo progresivo es clave para recuperar una marcha funcional y natural, reducir la pérdida muscular y evitar complicaciones como la rigidez articular.
Durante esta fase, se combinan ejercicios de movilidad, fortalecimiento y propiocepción que ayudan a mejorar el control neuromuscular, la estabilidad de tobillo y la calidad de la pisada. Ejercicios como apoyar parcialmente con ayuda de muletas o apoyos, contracciones activas suaves y ejercicios de equilibrio forman parte del programa de rehabilitación.
La progresión debe ser siempre individualizada y basada en la tolerancia al dolor y la evolución clínica. La guía de un profesional es fundamental para evitar sobrecargas y asegurar que la recuperación avance de forma segura.

